Renata se despierta. Para ella es igual que sea un lunes, jueves o domingo. Su calendario aburrido se pierde en las callejuelas de un laberinto. Un bostezo prolonga la estadía en su cama despoblada de alegría. Sin detergentes que lave su vestido de esperanzas, ni azúcar que endulce sus largos días.
En algún lugar en la cocina, dejó guardado en una taza, el botón de la camisa de Mario, su marido. Cuando una madrugada de un día feriado, escapó con la vecina.
Se limpió las legañas y decidió por fin levantarse. Tomó su vestido gris y sus zapatos de tacón y junto a la tristeza, las dobló cuidadosamente en una caja de cartón.
Caminó hacia la playa, lanzó la caja, la cual se despedazó en las olas, la tristeza se ahogó en la mar. Renata regresó sola.
Todo era nuevo, el sol se maquilló de oro, las calles brillaban recién pintadas. Los gatos maullaban un hermoso concierto sobre el techo, los perros persiguen palomas maromeras. Renata era otra mujer, todos preguntaban…
Mujer, estas hermosa… ¿Qué te has hecho?
Nadie le hizo la pregunta: Mujer ¿De qué te has liberado?
Pero si la respuesta es excelente, la pregunta es de menos cuidado.











